En una tribu de cazadores o pastores, una persona en particular fabrica arcos y flechas, por ejemplo, con mayor presteza y destreza que cualquier otra.
Frecuentemente los cambia por ganado o por carne de venado con sus compañeros; y al fin descubre que de esta manera puede obtener más ganado y venado que si él mismo fuera al campo a capturarlos.
Por consideración a su propio interés, por lo tanto, la fabricación de arcos y flechas pasa a ser su ocupación principal, y se convierte en una especie de armero.
Otro se destaca en la fabricación de los armazones y cubiertas de sus pequeñas chozas o casas móviles. Está acostumbrado a ser útil de este modo a sus vecinos, quienes le recompensan de la misma manera con ganado y con carne de venecia, hasta que al fin le resulta rentable dedicarse por entero a esta ocupación y convertirse en una especie de carpintero de obras.
Del mismo modo, un tercero se convierte en herrero o calderero; un cuarto, en curtidor o preparador de cueros y pieles, que constituyen la parte principal de la vestimenta de los salvajes.
Y así, la certeza de poder cambiar todo esa parte excedente del producto de su propio trabajo, que supera su propio consumo, por aquellas partes del producto del trabajo de otros hombres que pueda necesitar, anima a cada cual a dedicarse a una ocupación particular, y a cultivar y llevar a la perfección cualquier talento o genio que pueda poseer para esa especie particular de negocio.
La diferencia de talentos naturales en hombres distintos es, en realidad, mucho menor de lo que somos conscientes; y el genio tan diferente que parece distinguir a los hombres de diversas profesiones, cuando han crecido hasta la madurez, no es en muchas ocasiones tanto la causa, como el efecto de la división del trabajo.