el interés general del país.
Fundar un gran imperio con el único propósito de criar un pueblo de clientes puede parecer a primera vista un proyecto digno tan solo de una nación de tenderos. Es, sin embargo, un proyecto del todo indigno de una nación de tenderos; pero sumamente apto para una nación cuyo gobierno se halla bajo la influencia de tenderos. Tales estadistas, y solo tales estadistas, son capaces de imaginarse que hallarán alguna ventaja en emplear la sangre y el tesoro de sus conciudadanos para fundar y mantener semejante imperio. > Decid a un tendero: «Compradme una buena finca y siempre os compraré la ropa en vuestra tienda, aun cuando deba pagar algo más caro que lo que me costaría en otros establecimientos», y veréis que no se muestra muy dispuesto a aceptar la propuesta. Pero si fuera otra persona quien os comprara dicha finca, el tendero estaría muy agradecido a vuestro benefactor si le impusiera la obligación de comprar toda vuestra ropa en su tienda. Inglaterra compró para algunos de sus súbditos, que no se hallaban a gusto en su patria, una gran finca en un país distante. El precio, en verdad, fue muy bajo, y en lugar de equivaler a treinta anualidades, el precio ordinario de la tierra en los tiempos actuales, ascendió a poco más que el gasto de los diferentes equipamientos que hicieron el primer descubrimiento, reconoció la costa y tomó una posesión ficticia del país. La tierra era buena y de gran extensión, y los cultivadores, al disponer de abundante terreno propicio para trabajar y ser libres durante algún tiempo de vender sus productos donde les placiera, se convirtieron en el transcurso de poco más de treinta o cuarenta años (entre 1620 y 1660) en un pueblo tan numeroso y próspero que los tenderos y otros comerciantes de