de cuya renta se deriva en última instancia la de cualquier otro orden.
El interés del primero de esos tres grandes órdenes, según se desprende de lo que acaba de decirse, está estricta e inseparablemente conectado con el interés general de la sociedad.
Todo lo que promueve u obstruye el uno, promueve u obstruye necesariamente el otro. Cuando el público delibera acerca de cualquier regulación de comercio o policía, los propietarios de tierras nunca pueden engañarlo con miras a promover el interés de su propio orden en particular; al menos, si tienen un conocimiento tolerable de dicho interés.
En verdad, con demasiada frecuencia carecen de este conocimiento tolerable. Son el único de los tres órdenes cuyos ingresos no les cuestan ni trabajo ni preocupación, sino que les llegan, por decirlo así, por su propia cuenta, e independientes de cualquier plan o proyecto propio.
Esa indolencia, que es el efecto natural de la comodidad y la seguridad de su situación, los vuelve demasiadas veces no sólo ignorantes, sino incapaces de esa aplicación de la mente que resulta necesaria para prever y comprender las consecuencias de cualquier regulación pública.