sin establecer una compañía exclusiva, han limitado todo el comercio de sus colonias a un puerto determinado de la metrópoli, desde el cual no se permitía zarpar a ningún barco que no lo hiciera en flota y en una estación concreta o, si iba solo, en virtud de una licencia especial que, en la mayoría de los casos, se pagaba a muy alto precio. Esta política abría, en verdad, el comercio de las colonias a todos los naturales de la metrópoli, siempre que comerciaran desde el puerto adecuado, en la estación adecuada y en los buques adecuados. Pero como a todos los distintos comerciantes que unían sus capitales para fletar esos barcos con licencia les convenía actuar de común acuerdo, el comercio llevado a cabo de esta manera se regiría necesariamente por principios muy similares a los de una compañía exclusiva. El beneficio de dichos comerciantes resultaría casi igual de exorbitante y opresivo. Las colonias estarían mal abastecidas y se verían obligadas tanto a comprar muy caro como a vender muy barato. Esta, sin embargo, hasta hace pocos años, había sido siempre la política de España, y en consecuencia se dice que el precio de todos los productos europeos era enorme en las Indias Occidentales españolas. En Quito, según nos cuenta Ulloa, una libra de hierro se vendía por unas cuatro chelines y seis peniques, y una libra de acero por unos seis y nueve peniques esterlinas. Pero es principalmente para comprar productos europeos por lo que las colonias se desprenden de los suyos propios. Cuanto más pagan, por tanto, por los primeros, menos obtienen en realidad por los segundos, y la carestía de los unos equivale a la baratura de los otros. La política de Portugal es a este respecto la misma que la antigua política de España respecto a todas sus colonias, excepto
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VII. De las Colonias
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