Más tarde, Raskolnikov llegó a enterarse de por qué el buhonero y su esposa habían invitado a Lizaveta. Era un asunto muy corriente y no tenía nada de excepcional.
Una familia que había llegado a la ciudad y había caído en la miseria estaba vendiendo sus enseres domésticos y ropa, todo ropa de mujer. Como las cosas habrían obtenido poco valor en el mercado, buscaban a un intermediario. A eso se dedicaba Lizaveta. Ella se encargaba de tales trabajos y la empleaban con frecuencia, ya que era muy honrada y siempre fijaba un precio justo y se mantenía en él. Por regla general hablaba poco y, como ya hemos dicho, era muy sumisa y tímida.
Pero Raskólnikov se había vuelto supersticioso últimamente. Los vestigios de la superstición perduraron en él mucho después y fueron casi inerradicables. Y en todo esto siempre estuvo dispuesto, más tarde, a ver algo extraño y misterioso, por decirlo así, la presencia de ciertas influencias particulares y coincidencias. El invierno pasado, un estudiante que conocía llamado Pokórev, que había marchado a Járkov, le había dado casualmente en una conversación la dirección de Aliona Ivánovna, la vieja usurera, por si acaso quería empeñar algo. Durante mucho tiempo no acudió a ella, pues daba clases particulares y se las apañaba como podía. Seis semanas atrás se había acordado de la dirección; tenía dos objetos que podían empeñarse: el viejo reloj de plata de su padre y un pequeño anillo de oro con tres piedras rojas, regalo de despedida de su hermana. Decidió llevar el anillo. Cuando encontró a la vieja, al primer vistazo había sentido por ella una repugnancia insuperable, aunque no sabía nada especial acerca de su