ningún modo. Todavía se enfrentaba a la pregunta de cómo había podido permanecer tanto tiempo en esa situación sin volverse loca, ya que no se decidía a arrojarse al agua. Por supuesto, sabía que la situación de Sonia era un caso excepcional, aunque por desgracia no único y, en verdad, no infrecuente; pero cabría pensar que esa misma excepcionalidad, su barniz de educación y su vida anterior habrían debido matarla al primer paso dado en aquel sendero repugnante. ¿Qué la sostenía?, ¿acaso la depravación? Toda aquella infamia, evidentemente, solo la había rozado de manera mecánica, ni una sola gota de verdadera depravación había penetrado en su corazón; él lo veía. La veía a través de su alma, tal como estaba de pie ante él. …
“Tiene tres caminos ante sí —pensó—: el canal, el manicomio, o… caer al fin en la depravación que oscurece la mente y vuelve el corazón de piedra”.
La última idea era la más repugnante, pero él era escéptico, era joven, abstracto y, por tanto, cruel, por lo que no pudo evitar creer que el fin último era el más probable.
“—Pero ¿puede ser eso verdad? —exclamó para sus adentros—. ¿Puede ser que esa criatura, que aún ha conservado la pureza de su espíritu, sea arrastrada al fin y conscientemente a ese pozo de inmundicia y vileza? ¿Puede haber empezado ya el proceso? ¿Será que solo ha podido soportarlo hasta ahora porque el vicio ha empezado a resultarle menos repugnante? ¡No,