¿Y qué estás haciendo tú ahora? Estás viviendo a su costa. Ellas piden préstamos basándose en su pensión de cien rublos. Le piden prestado a los Svidrigáilov. ¿Cómo vas a salvarlas de los Svidrigáilov, de Afanasi Ivánovich Vahrushin, oh, futuro Zeus milmillonario que va a arreglarles la vida? ¿Dentro de otros diez años? Dentro de otros diez años, mamá estará ciega de tanto tejer chales, tal vez de tanto llorar también. Se habrá quedado reducida a una sombra a fuerza de ayunar; ¿y mi hermana? Imagínate por un momento qué puede ser de tu hermana en diez años. ¿Qué puede pasarle durante esos diez años? ¿Te lo puedes figurar?»
Así se atormentaba, devanándose los sesos con tales preguntas y hallando en ello una especie de goce. Y, sin embargo, todas esas preguntas no eran nuevas que se le presentaban de repente; eran viejos dolores familiares. Hacía mucho tiempo que habían empezado a atenazarle y desgarrarle el corazón. Mucho, muchísimo tiempo atrás tuvieron sus primeros comienzos su actual angustia; había crecido y cobrado fuerza, había madurado y se había concentrado hasta adoptar la forma de una pregunta espantosa, frenética y fantástica, que le atormentaba el corazón y la mente, exigiendo una respuesta con insistencia.
Ahora la carta de su madre había estallado sobre él como un trueno. Estaba claro que ya no debía sufrir pasivamente, preocupándose por cuestiones sin resolver, sino que tenía que hacer algo, hacerlo de inmediato y hacerlo con rapidez. De cualquier modo, tenía que decidirse por algo, o si no...
—¡O arrojar la vida por la borda de una vez por todas! —exclamó de pronto, con frenesí—; ¡aceptar la propia suerte con humildad tal como es, de una vez para siempre y sofocar todo en uno mismo, renunciando a toda pretensión de actividad, de vida y de amor!
—¿Comprende usted, señor, comprende usted lo que significa cuando ya no se tiene adónde ir? —vino de repente a su mente la pregunta de Marmeláadov—, porque todo hombre necesita tener adónde ir...