Ella también había estado muy agitada ese día, y por la noche volvió a enfermarse. Pero era tan feliz —y tan inesperadamente feliz— que casi se asustaba de su propia felicidad. ¡Siete años, solo siete años! Al principio de su dicha, en ciertos momentos, ambos estaban dispuestos a ver en esos siete años algo así como siete días. Él no sabía que la nueva vida no se le regalaría por nada, que tendría que pagarla muy caro, que le costaría un gran esfuerzo, un gran sufrimiento.
Pero ese es el comienzo de una nueva historia: la historia de la renovación gradual de un hombre, la historia de su regeneración paulatina, de su paso de un mundo a otro, de su iniciación en una nueva vida desconocida. Eso podría ser el tema de un nuevo relato, pero nuestra presente historia ha terminado.