llorar. Su pareja la agarró y comenzó a hacerla girar y a hacer piruetas ante ella; todos se reían y —me gusta vuestro público, incluso el público del cancán— se reían y gritaban: «¡Bien se lo tiene empleado! ¡Bien se lo tiene empleado! ¡No debió traer a los niños!». Bueno, no es asunto mío si esa consoladora reflexión era lógica o no. En seguida tracé mi plan, me senté junto a la madre y comencé diciéndole que yo también era un recién llegado, que la gente de aquí carecía de educación, que no sabían distinguir a la gente decente ni tratarla con respeto; le di a entender que tenía dinero de sobra y me ofrecí a llevarlas a casa en mi carruaje. Las llevé a casa y las conocí. Se alojaban en un agujero miserable y acababan de llegar del campo. Ella me dijo que tanto ella como su hija solo podían considerar un honor mi conocimiento. Averigué que no tenían nada propio y habían venido a la ciudad por un asunto legal. Puse a su disposición mis servicios y mi dinero. Me enteré de que habían ido
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IV
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