Se apresuró a ir a casa de Svidrigáilov. Qué podía esperar de aquel hombre, no lo sabía. Pero ese hombre tenía algún poder oculto sobre él. Una vez reconocido esto, no pudo descansar, y ahora había llegado el momento.
En el camino, una pregunta le preocupaba particularmente: ¿había estado Svidrigáilov en casa de Porfiri?
Por lo que alcanzaba a juzgar, lo juraría, no lo había hecho. Lo meditó una y otra vez, repasó la visita de Porfiri; no, no había estado, por supuesto que no.
Pero si aún no había ido, ¿iría? Mientras tanto, por el momento se figuraba que no podía. ¿Por qué? No habría sabido explicarlo, pero de haber podido, no habría perdido mucho tiempo pensando en ello en ese instante.
Todo aquello le preocupaba y al mismo tiempo no podía prestarle atención. Por extraño que pareciera, tal vez nadie lo habría creído, pero solo sentía una vaga y tenue inquietud acerca de su futuro inmediato.
Otra inquietud mucho más importante lo atormentaba: concernía a su propia persona, pero de un modo distinto, más vital. Además, era consciente de una fatiga moral inmensa, aunque su mente funcionaba mejor aquella mañana de lo que lo había hecho últimamente.
¿Y valía la pena, después de todo lo que había pasado, luchar contra estas nuevas y triviales dificultades? ¿Valía la pena, por ejemplo, maniobrar para que Svidrigáilov no fuera a ver a Porfiri? ¿Valía la pena investigar, averiguar los hechos, perder el tiempo con alguien como Svidrigáilov?
¡Oh, cuán harto estaba de todo aquello!