Raskolnikov, Lebeziátnikov y el funcionario acompañaron a Sonia a la habitación y fueron seguidos por el policía, quien primero apartó a la multitud que los seguía hasta la misma puerta. Polenka entró trayendo a Kolya y Lida, quienes temblaban y lloraban. Varias personas entraron también desde la habitación de los Kapernaumov; el propietario, un cojo tuerto de extraño aspecto con patillas y el cabello erizado como un cepillo, su mujer, una mujer con una expresión perpetuamente aterrorizada, y varios niños boquiabiertos con rostros estupefactos. Entre ellos hizo su aparición de repente Svidrigáilov. Raskolnikov lo miró con sorpresa, sin comprender de dónde había salido y sin haberlo notado entre la multitud. Se habló de un médico y un sacerdote. El funcionario le susurró a Raskolnikov que creía que ya era demasiado tarde para el médico, pero ordenó que lo fueran a buscar. El propio Kapernaumov salió corriendo.
Entre tanto, Katerina Ivánovna había recobrado el aliento. La hemorragia cesó por un tiempo. Miró con ojos enfermos pero fijos y penetrantes a Sonia, que estaba pálida y temblorosa, secándose el sudor de la frente con un pañuelo. Al fin pidió que la incorporaran. La sentaron en la cama, sosteniéndola por ambos lados.
—¿Dónde están los niños? —dijo con voz débil—. ¿Los has traído, Polenka? ¡Ay, los tontos! ¿Por qué habréis huido?… ¡Oj!
Una vez más, sus labios resecos estaban cubiertos de sangre. Movió los ojos, mirando a su alrededor.
—¡Conque así vives, Sonia! Jamás había estado en tu cuarto.
La miró con rostro sufriente.