señor Lebeziátnikov vio todo esto. Después la acompañé hasta la puerta —estando usted todavía en el mismo estado de azoramiento—, tras lo cual, al quedarme a solas con el señor Lebeziátnikov, hablé con él durante diez minutos; luego el señor Lebeziátnikov salió y yo regresé a la mesa con el dinero que había sobre ella, con la intención de contarlo y apartarlo, como pensaba hacer antes. Para mi sorpresa, un billete de cien rublos había desaparecido. Tenga la amabilidad de considerar la situación. Del señor Lebeziátnikov no puedo sospechar. Me da vergüenza aludir a semejante suposición. No puedo haberme equivocado en el cálculo, pues el minuto antes de su entrada había terminado mis cuentas y comprobado que el total era exacto. Admitirá usted que, recordando su azoramiento, su impaciencia por marcharse y el hecho de que mantuvo las manos durante un rato sobre la mesa, y teniendo en cuenta su posición social y los hábitos asociados a ella, me vi, por decirlo así, con horror y contra mi absoluta voluntad, obligado a albergar una sospecha: ¡una sospecha cruel, pero justificada! Añadiré además y repetiré que, a pesar de mi absoluta convicción, soy consciente de que corro un cierto riesgo al formular esta acusación, pero, como ve, no podía dejarla pasar. He tomado medidas y le diré por qué: ¡únicamente, señora, únicamente debido a su negra ingratitud! ¡Cómo! La invito por el bien de su desamparado pariente, le entrego mi donativo de diez rublos y usted, en el acto, me paga todo eso con semejante acción. ¡Es demasiado! Necesita una lección. ¡Reflexione! Es más, como un verdadero amigo se lo ruego —y no podría tener mejor amigo en este momento—, piense en lo que está haciendo; ¡de lo contrario, seré inflexible! Bien, ¿qué
—No he tomado nada —susurró Sonia aterrorizada—, usted me dio diez rublos, aquí están, tómelos.