—Solía hablar mucho de eso con ella, solo con ella —dijo pensativo—.
A su corazón le confié gran parte de lo que desde entonces se ha realizado de un modo tan espantoso. No te preocupes —le respondió a Dunia—, ella se oponía tanto como tú, y me alegro de que se haya ido. Lo importante es que ahora todo va a ser diferente, todo va a partirse en dos —exclamó, volviendo de repente a su abatimiento—. ¡Todo, todo, y estoy preparado para ello? ¿Lo quiero yo mismo? ¡Dicen que es necesario que sufra! ¿Cuál es el objeto de estos sufrimientos sin sentido? ¿Voy a saber acaso mejor para qué sirven, cuando esté aplastado por las privaciones y la idiotez, y débil como un viejo tras veinte años de trabajos forzados? ¿Y para qué voy a vivir entonces? ¿Por qué consiento ahora en esa vida? ¡Oh, sabía que era un cobarde cuando me quedé mirando el Neva al amanecer de hoy!
Al fin salieron los dos. A Dunia le costaba mucho, pero lo quería. Se alejó, pero tras caminar cincuenta pasos se volvió para mirarlo otra vez.
Aún alcanzaba a verlo. En la esquina, él también se volvió y por última vez sus miradas se cruzaron; pero al notar que ella lo estaba mirando, le hizo un gesto imperativo para que se fuera, incluso con fastidio, y dobló la esquina bruscamente.
—Soy malvado, ya lo veo —pensó para sus adentros, sintiendo un instante después vergüenza por su gesto de ira hacia Dunia. —Pero ¿por qué me quieren tanto si no lo merezco? ¡Ah, si al menos estuviera solo, si nadie me amara y yo tampoco hubiera amado nunca a nadie! Nada de todo esto habría sucedido. Pero me pregunto si dentro de esos quince o veinte años me volveré tan manso que me humillaré ante la gente y sollozaré a cada palabra diciendo que soy un criminal. Sí, eso es, eso es, a eso me mandan allí, eso es lo que quieren.