—Guarda silencio —gritó con irritación Katerina Ivánovna—, tú sabes por qué va
—Gracias a Dios, el doctor —exclamó Raskólnikov, sintiéndose aliviado.
Entró el médico, un viejecito pulcro, alemán, que miraba a su alrededor con desconfianza; se acercó al enfermo, le tomó el pulso, le palpó cuidadosamente la cabeza y, con la ayuda de Katerina Ivánovna, le desabotonó la camisa ensangrentada y dejó al descubierto el pecho del herido. Estaba desgarrado, machacado y fracturado; varias costillas del lado derecho estaban rotas. En el lado izquierdo, justo encima del corazón, había un hematoma grande, de aspecto siniestro, amarillento y negruzco: una coz brutal del casco de un caballo. El médico frunció el ceño. El agente de policía le contó que había quedado atrapado en la rueda y arrastrado con ella treinta yardas por el camino.
—Es maravilloso que haya recuperado