“¿Y la golpeó muy duro?”
—¡Qué importa eso! —interrumpió Dunia.
—¡Mjum! Pero no sé por qué quieres contarnos esos chismes, madre —dijo Raskolnikov con irritación, como a pesar suyo.
—Ay, hija mía, no sé de qué hablar —se le escapó a Pulqueria Alexandrovna.
—¿Por qué, acaso me tienen miedo todos? —preguntó con una sonrisa forzada.
—Eso es indudablemente cierto —dijo Dunia, mirando directa y severamente a su hermano—. Mamá subía las escaleras santigüiguándose aterrorizada.
Su rostro se contrajo, como en una convulsión.
—¡Ay, qué estás diciendo, Dunia! No te enojes, por favor, Rodia... ¿Por qué dijiste eso, Dunia? —empezó Pulqueria Alexandrovna, abrumada—: Figúrate que, al venir aquí, estuve soñando todo el camino, en el tren, en cómo nos encontraríamos, en cómo lo hablaríamos todo juntos... ¡Y era tan feliz que ni sentí el