—¡Santo Dios! —exclamó—, ¿puede ser, puede ser que de verdad vaya a tomar un hacha, que la golpee en la cabeza, que le abra el cráneo… que pise en la sangre tibia y pegajosa, que reviente la cerradura, que robe y tiemble; que me esconda, todo manchado de sangre… con el hacha…? Santo Dios, ¿puede ser?
Estaba temblando como una hoja al decir esto.
—Pero ¿por qué habré de seguir así? —continuó, incorporándose de nuevo, como si estuviera sumido en un profundo asombro—. Sabía que jamás me atrevería a hacerlo, entonces, ¿para qué me he estado torturando hasta ahora? Ayer, ayer, cuando fui a hacer aquel… experimento, comprendí por completo que jamás podría soportar la idea de llevarlo a cabo… ¿A qué vuelvo a darle vueltas, pues? ¿Por qué sigo dudando? Al bajar la escalera ayer, me dije que aquello era ruin, repugnante, vil, vil… el solo hecho de pensarlo me revolvía el estómago y me llenaba de horror.
—¡No, no podría hacerlo, no podría hacerlo! Concedido, concedido que no haya ningún fallo en todo ese razonamiento, que todo lo que he deducido este último mes sea claro como el día, tan cierto como la aritmética... ¡Dios mío! ¡En cualquier caso, no podría obligarme a ello! ¡No podría hacerlo, no podría hacerlo! ¿Por qué, por qué entonces sigo todavía...?
Se puso en pie, miró a su alrededor con asombro, como si se extrañara de encontrarse en aquel lugar, y se encaminó hacia el puente. Estaba pálido, los ojos le brillaban, sentía el cuerpo quebrantado por el agotamiento, pero de pronto pareció respirar con mayor facilidad. Sintió que se había quitado de encima aquella terrible carga que tanto tiempo llevaba aplastándole, y de repente hubo una sensación de alivio y paz en su alma. «Señor —rezó—, muéstrame mi camino; renuncio a ese maldito... sueño mío».