a que mi prójimo reciba algo más que un abrigo roto; y eso no por generosidad privada y personal, sino como consecuencia del avance general. La idea es sencilla, pero desgraciadamente ha tardado mucho en llegarnos, obstaculizada por el idealismo y el sentimentalismo. ¡Y pensar que al parecer hace falta muy poco ingenio para
—Perdone, yo mismo tengo muy poco ingenio —interrumpió Raskólnikov con brusquedad—, y por tanto dejémoslo. Empecé esta discusión con un propósito, pero en los últimos tres años estoy tan harto de esta charlatanería para divertirse, de este flujo incesante de lugares comunes, siempre los mismos, que, ¡córcholis!, me sonrojo incluso cuando los demás hablan así. No cabe duda de que tiene prisa por hacer gala de sus conocimientos, y no se lo reprocho, eso es de lo más disculpable. Yo solo quería averiguar qué clase de hombre es usted, porque últimamente tanta gente sin escrúpulos se ha apoderado de la causa progresista y ha distorsionado tanto en su propio interés todo lo que tocaba, que la causa entera ha quedado arrastrada por el fango. ¡Eso es todo!
—Perdone, caballero —dijo Luzhin, ofendido y hablando con excesiva dignidad—. ¿Pretende sugerir de un modo tan poco ceremonioso que yo también…
—¡Oh, querido amigo mío... cómo iba a hacerlo?... Vamos, ya basta —concluyó Razumijin, y se volvió bruscamente hacia Zósimov para continuar su anterior conversación.
Pyotr Petrovitch tuvo el buen sentido de aceptar el desmentido. Se resolvió a despedirse en uno o dos minutos más.
—Confío en que nuestra relación —dijo, dirigiéndose a Raskolnikov—, una vez que se haya usted recuperado y dadas las circunstancias que ya conoce, llegue a ser más estrecha... Sobre todo, espero que recupere la salud...