Él pensó en ella. Recordó cómo la había atormentado continuamente y herido su corazón. Recordó su carita pálida y delgada.
Pero estos recuerdos apenas le turbaban ahora; sabía con qué amor infinito iba a recompensar ahora todos los sufrimientos de ella. ¡Y qué eran todas, todas las agonías del pasado! Todo, incluso su crimen, su condena y su reclusión, le parecía ahora, en el primer ímpetu del sentimiento, un hecho externo y extraño con el que no tenía nada que ver.
Pero aquella tarde no pudo pensar por mucho tiempo seguidamente en nada, y no habría podido analizar nada conscientemente; simplemente estaba sintiendo. La vida había ocupado el lugar de la teoría y algo muy diferente iba a elaborarse en su mente.
Bajo su almohada yacía el Nuevo Testamento. Lo tomó mecánicamente. El libro pertenecía a Sonia; era aquel desde el cual ella le había leído la resurrección de Lázaro.
Al principio temía que ella lo mortificara con la religión, que le hablara del evangelio y lo fastidiara con libros. Pero, para su gran sorpresa, ella no había abordado el tema ni una sola vez y ni siquiera le había ofrecido el Testamento.
Él mismo se lo había pedido poco antes de su enfermedad y ella le había traído el libro sin decir una palabra. Hasta entonces no lo había abierto.
No lo abrió en ese momento, pero un pensamiento cruzó por su mente:
«¿Acaso sus convicciones no pueden ser las mías ahora? Sus sentimientos, sus aspiraciones al menos. …»