—¡Se lo ha aprendido de memoria para presumir! —exclamó Raskolnikov de repente.
—¿Qué? —preguntó Piotr Petrovitch, sin alcanzar a oír sus palabras; pero no obtuvo respuesta.
—Todo eso es verdad —se apresuró a intervenir Zóssimov.
—¿No es así? —prosiguió Piotr Petróvich, mirando afable a Zosímov—. Hay que reconocer —siguió diciendo, dirigiéndose a Razumijin con un matiz de triunfo y altanería, y estuvo a punto de añadir «joven»— que hay un avance o, como se dice ahora, un progreso en nombre de la ciencia y de la verdad económica...
«Un lugar común».
—¡No, no es un lugar común! Hasta ahora, por ejemplo, si me decían «ama a tu prójimo», ¿qué resultaba de ello? —prosiguió Piotr Petróvich, quizá con excesiva prisa. > —Resultaba que yo partía mi abrigo en dos para compartirlo con mi prójimo y los dos nos quedábamos medio desnuds. Como dice el refrán ruso: «El que abarca mucho, aprieta poco». La ciencia nos dice ahora: ámate a ti mismo por encima de todos los hombres, pues todo en el mundo se basa en el interés propio. Si te amas a ti mismo y gestionas tus propios asuntos debidamente, tu abrigo permanece entero. La verdad económica añade que, cuanto mejor se organizan los asuntos privados en la sociedad—cuantos más abrigos enteros hay, por decirlo así—, más firmes son sus cimientos y mejor se organiza también el bienestar común. Por consiguiente, al adquirir riqueza única y exclusivamente para mí, la estoy adquiriendo, por decirlo así, para todos, y contribuyo