Raskolnikov levantó las cejas inquisitivamente. Las palabras de Iliá Petrovich, que evidentemente había estado almorzando, constituían en su mayor parte un torrente de sonidos vacíos para él. Pero algunas de ellas las comprendió. Lo miró inquisitivamente, sin saber cómo terminaría aquello.
—Me refiero a esas pelonas de cabeza rapada —prosiguió el locuaz Iliá Petróvich—. Yo las llamo comadronas. ¡Me parece un nombre muy acertado, ja, ja! Van a la Academia, estudian anatomía. Si caigo enfermo, ¿he de mandar a buscar a una señorita para que me cure? ¿Qué dice usted? ¡Ja, ja! Iliá Petróvich rio, muy complacido con su propia agudeza. —Es un afán desmedido de instrucción, pero una vez que estás educado, con eso basta. ¿Para qué abusar? ¿Para qué insultar a la gente honrada, como hace ese canalla de Zametov? ¿Por qué me insultó a mí, le pregunto? Mire también estos suicidios, ¡qué comunes son, ni se lo imagina! La gente se gasta su último centavo y se mata, muchachos, muchachas y