un minuto después—. De algo tenemos que hablar, ya sabes. Me interesaría saber cómo resolverías tú cierto «problema», como diría Lebeziátnikov. (Empezaba a perder el hilo). —No, en serio, hablo en serio. Imagínate, Sonia, que hubieras sabido de antemano todas las intenciones de Luzhin. Sabido, es decir, con certeza, que habrían de ser la ruina de Katerina Ivánovna y de los niños, y de ti misma de propina —puesto que tú no cuentas para nada—, y también de Pólenka... porque a ella le espera el mismo camino. Bien, si de pronto todo dependiera de tu decisión: que viviera él o ellos; es decir, que Luzhin siguiera viviendo y haciendo maldades, o que Katerina Ivánovna muriera. ¿Cómo decidirías cuál de los dos debe morir? ¡Te lo pregunto!
Sonia lo miró con inquietud. Había algo peculiar en aquella