Tras ocho meses de prisión, junto con otras veintién personas, fue llevado a la plaza Semiónovski para ser fusilado. Escribiendo a su hermano Mijaíl, Dostoievski dice: > «Nos leyeron la sentencia por encima de las cabezas y nos hicieron ponernos las camisas blancas que visten los condenados a muerte. Acto seguido fuimos atados de tres en tres a los postes para sufrir la ejecución. Como era el tercero en la fila, dediqué que solo me quedaban unos minutos de vida. Pensé en ti y en tus seres queridos, y me arreglé para besar a Pleshchéiev y a Dúrov, que estaban a mi lado, y despedirme de ellos. De repente, las tropas tocaron a rebato, nos desataron, nos devolvieron al cadalso y se nos informó de que su Majestad nos había perdonado la vida». La sentencia fue conmutada por trabajos
Uno de los presos, Grigóriev, enloqueció en cuanto lo desataron y jamás recuperó la razón.
El intenso sufrimiento de esta experiencia dejó una huella duradera en la mente de Dostoievski. Aunque su temperamento religioso lo llevó al fin a aceptar todo sufrimiento con resignación y a considerarlo una bendición en su propio caso, vuelve constantemente sobre el tema en sus escritos. Describe la espantosa agonía del re condenado e insiste en la crueldad de infligir semejante tormento. Siguieron después cuatro años de trabajos forzados, pasados en compañía de criminales comunes en Siberia, donde comenzó La casa de los muertos, y algunos años de servicio en un batallón disciplinario.
Él había mostrado signos de alguna extraña enfermedad nerviosa antes de su arresto y esto se convirtió ahora en violentos ataques de epilepsia, que