El miedo a las apariencias es el primer síntoma de la impotencia. Nunca, jamás había reconocido esto con tanta claridad como ahora, y estoy más lejos que nunca de ver que lo que hice fue un crimen. Nunca, jamás he sido más fuerte y he estado más convencido que ahora.
El color había acudido de golpe a su pálido y exhausto rostro, pero al pronunciar su última explicación, dio la casualidad de que se cruzó con los ojos de Dunia y vio en ellos una angustia tal que no pudo evitar detenerse. Sintió que, de todos modos, había hecho desgraciadas a estas dos pobres mujeres, que él era, de todos modos, la causa…
—Dunia querida, si soy culpable, perdóname (aunque yo no puedo ser perdonado si soy culpable). ¡Adiós! No vamos a discutir. Es la hora, ya es hora de marchar. No me sigas, te lo suplico, tengo que ir a otra parte. … Pero vete enseguida a hacerle compañía a mamá. ¡Te lo ruego! Es mi última petición. No la dejes sola ni un instante; la dejé presa de una angustia que no es capaz de soportar; morirá o perderá la cabeza. ¡Quédate con ella! Razumijihin estará con vosotros. He estado hablando con él. … No llores por mí: intentaré ser honrado y viril toda mi vida, aunque sea un asesino. Tal vez algún día llegue a destacar. No os deshonraré, ya lo veréis; todavía daré que hablar. … Y ahora, adiós por el momento —concluyó apresuradamente, al advertir de nuevo una extraña expresión en los ojos de Dunia ante sus últimas palabras y promesas—. ¿Por qué lloras? No llores, no llores: ¡no nos estamos separando para siempre! ¡Ah, sí! ¡Espera un minuto, lo había olvidado!
Se acercó a la mesa, tomó un libro grueso y polvoriento, lo abrió y sacó de entre sus páginas un pequeño retrato a la acuarela sobre marfil.
Era el retrato de la hija de su patrona, que había muerto de fiebre, aquella muchacha extraña que había querido ser monja.
Durante un minuto contempló el rostro delicado y expresivo de su prometida, besó el retrato y se lo dio a Dunia.