Raskolnikov tenía de él le importara un bledo—. ¿Estoy mintiendo... pero cómo lo he tratado hace un momento, yo, el juez de instrucción? ¿Sugiriéndole y dándole todos los medios para su defensa: la enfermedad, he dicho, el delirio, la conmoción, la melancolía, y los agentes de policía, y todo lo demás? ¡Ah! ¡Je-je-je! Aunque, la verdad, todos esos medios psicológicos de defensa no son muy fiables y son de doble filo: la enfermedad, el delirio, no me acuerdo... está bien, pero ¿por qué, mi estimado señor, en su enfermedad y en su delirio le acosaron precisamente esas fantasías y no otras? ¿Habría otras, eh? ¡Je-je-je!
Raskolnikov lo miró con altivez y desprecio.
—Brevemente —dijo en voz alta y con imperio, poniéndose de pie y al hacerlo empujando un poco a Porfiri—, brevemente, quiero saber, ¿me reconoce usted totalmente libre de sospecha o no? ¡Dígame, Porfiri Petrovich, dígamelo de una vez por todas y