Asia. Todos debían ser destruidos, excepto unos muy pocos elegidos. Ciertas clases nuevas de microbios atacaban los cuerpos de los hombres, pero estos microbios estaban dotados de inteligencia y voluntad. Los hombres atacados por ellos se volvían al instante locos y furiosos. Pero nunca los hombres se habían considerado tan intelectuales y tan plenamente en posesión de la verdad como aquellos enfermos; jamás habían considerado sus decisiones, sus conclusiones científicas, sus convicciones morales tan infalibles. Pueblos enteros, ciudades y naciones enteras enloquecían a causa de la infección. Todos estaban agitados y no se entendían los unos a los otros. Cada uno creía que él solo tenía la verdad y se sentía desgraciado al mirar a los demás, se golpeaba el pecho, lloraba y se torcía las manos. No sabían cómo juzgar y no lograban ponerse de acuerdo sobre qué considerar mal y qué bien; no sabían a quién culpar, a quién justificar. Los hombres se mataban unos a otros en una especie de rencor absurdo. Se reunían en ejércitos los unos contra los otros, pero incluso en plena marcha los ejércitos empezaban a atacarse mutuamente, las filas se rompían y los soldados se abalanzaban unos sobre otros, apuñalándose y cortándose, mordiéndose y devorándose recíprocamente. La campana de alarma sonaba todo el día en las ciudades; los hombres corrían a agruparse, pero nadie sabía para qué eran convocados ni quién los convocaba. Los oficios más ordinarios fueron abandonados, porque cada cual proponía sus propias ideas, sus propias mejoras, y no lograban ponerse de acuerdo. La tierra también fue abandonada. Los hombres se reunían en grupos, acordaban algo, juraban mantenerse unidos, pero de inmediato emprendían algo muy distinto de lo que se habían propuesto. Se acusaban unos a otros, peleaban y se mataban. Hubo incendios y hambre. Todos los hombres y todas las cosas se veían envueltos en la destrucción.
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II
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