libro eterno. Pasaron cinco minutos o más.
—Vine a hablar de algo —dijo Raskolnikov en voz alta, frunciendo el ceño.
Se levantó y se fue hacia Sonia. Ella alzó los ojos hacia él en silencio. Su rostro era particularmente severo y había en él una especie de determinación salvaje.
“Hoy he abandonado a mi familia —dijo—, a mi madre y a mi hermana. No voy a volver a verlas. He roto con ellas por completo”.
—¿Para qué? —preguntó Sonia asombrada. Su reciente encuentro con la madre y la hermana de él le había dejado una gran impresión que no lograba analizar. Escuchó su noticia casi con horror.
—Ahora solo te tengo a ti —añadió—. Vayámonos juntos... ¡He venido a ti, los dos estamos