averiguó la dirección de la madre de los dos niños a los que su hijo había salvado e insistió en ir a visitarla.
Por fin su inquietud llegó a un extremo. A veces empezaba a llorar de repente y a menudo enfermaba con delirios febriles.
Una mañana declaró que, según sus cálculos, Rodya no tardaría en estar en casa, que recordaba que cuando se despidió de ella le dijo que debían esperarlo de vuelta en nueve meses. Empezó a prepararse para su llegada, se puso a arreglarle la habitación, a limpiar los muebles, a lavar y colgar cortinas nuevas, etcétera.
Dunia estaba preocupada, pero no decía nada y la ayudaba a arreglar la estancia.
Tras un día agotador pasado entre continuas fantasías, alegres ensoñaciones y lágrimas, Pulqueria Alexandrovna enfermó por la noche y por la mañana tenía fiebre y deliraba. Era una fiebre cerebral. Murió al cabo de dos semanas.
En su delirio dejó escapar palabras que demostraban que sabía mucho más sobre la terrible suerte de su hijo de lo que ellos habían supuesto.
Durante mucho tiempo Raskólnikov no supo de la muerte de su madre, a pesar de que se había mantenido una correspondencia regular desde su llegada a Siberia. Esta se llevaba a cabo por medio de Sonia, quien escribía todos los meses a los Razumijin y recibía respuesta con infalible regularidad. Al principio las cartas de Sonia les parecieron secas e insatisfactorias, pero más tarde llegaron a la conclusión de que no podían ser mejores, pues a través de ellas obtenían una imagen completa de la vida de su desdichado hermano. Las cartas de Sonia estaban llenas de los detalles más prosaicos, de la descripción más sencilla y clara de todo el entorno de Raskólnikov como