lejos de galopar, apenas podía avanzar; pataleaba, jadeaba y se encogía ante los golpes de los tres látigos que llovían sobre ella. Las risas en el carro y en la multitud se redoblaron, pero Mikolka montó en cólera y castigó furiosamente a la yegua, como si supusiera que de verdad podía galopar.
—Déjenme entrar a mí también, muchachos —gritó un joven de la multitud cuyo apetito se había despertado.
—¡Suban, suban todos —gritaba Mikolka—, los llevará a todos! ¡A palos la voy a matar!— Y vapuleaba y vapuleaba a la yegua, fuera de sí por la furia.
—Padre, padre —gritó—, ¿qué están haciendo? ¡Padre, están apaleando al pobre caballo!
—¡Ven, ven! —dijo su padre—. Están borrachos y son necios, están bromeando; ¡vete, no mires! —y trató de llevárselo, pero el muchacho se soltó de su mano y, fuera de sí por el horror, corrió hacia el caballo. El pobre animal estaba en muy mal estado. Jadeaba, se detenía y luego volvía a tirar, casi cayéndose.
—¡Aporréala hasta matarla! —gritó Mikolka—. ¡Ya no se puede más! ¡Yo me encargo de ella!
—¿Qué andas haciendo, eres cristiano, demonio? —gritó un viejo en la multitud.
—¿Ha visto alguien jamás cosa igual? Unjamelgu tan miserable tirando de semejante carga —dijo otro.
—La vas a matar —gritó el tercero.
—¡No se metan! Es mi propiedad, haré lo que me plazca. ¡Súbanse, más de ustedes! ¡Súbanse, todos! ¡Haré que vaya al galope! …