“¿Cómo dice?”
—¿Cuánto tiempo hace que vienes aquí?
“Pero si te lo conté todo esta mañana. ¿No te acuerdas?”
Raskolnikov meditó. La mañana le parecía un sueño. No podía recordar por sí solo y miró a Razumijin con aire de interrogación.
—¡Mjum! —dijo este último—, se ha olvidado. Me pareció entonces que no estabas muy en ti. Ahora estás mejor después de dormir. … De verdad que te ves mucho mejor. ¡De primera! Bueno, a lo nuestro. Mira, querido muchacho.
Empezó a desatar el bulto, que evidentemente le interesaba.
—Créeme, hermano, esto es algo que me llega muy de cerca. Pues tenemos que hacer de ti un hombre. Comencemos desde arriba. ¿Ves esta gorra? —dijo, sacando del atado una gorra bastante buena, aunque barata y común—. Déjame probártela.
—Luego, después —dijo Raskolnikov, desendiéndolo con fastidio.
—Ven, Rodya, muchacho, no te opongas, luego será demasiado tarde; y no voy