aplicado tan descaradamente.
En primer lugar, era evidente, y por cierto que demasiado, que Piotr Petróvich había aprovechado con entusiasmo sus pocos días en la capital para arreglarse y ataviarse de cara a la llegada de su prometida; un procedimiento por lo demás perfectamente inocente y admisible.
Hasta su propia consciencia, tal vez demasiado complaciente, del agradable cambio en su aspecto se le habría podido perdonar en tales circunstancias, dado que Piotr Petróvich había asumido el papel de novio. Toda su ropa era recién salida del sastre y estaba bien, salvo por el hecho de ser demasiado nueva y demasiado claramente apropiada.
Hasta el elegante sombrero redondo nuevo tenía el mismo significado. Piotr Petróvich lo trataba con demasiada deferencia y lo sostenía con excesivo cuidado entre las manos. El exquisito par de guantes de color lavanda, de auténtico Lovaina, contaban la misma historia, si no por otra cosa, al menos por el hecho de no llevarlos puestos, sino de llevarlos en la mano para lucirlos.
En el atuendo de Piotr Petróvich predominaban los colores claros y juveniles. Llevaba una encantadora chaqueta de verano en tono ante, pantalones ligeros y finos, un chaleco del mismo género, ropa interior nueva y delicada, una corbata de la más fina batista con rayas rosas y, lo mejor de todo, era que a Piotr Petróvich le sentaba bien. Su rostro, muy fresco y hasta aparente, parecía en todo momento más joven que sus cuarenta y cinco años. Sus oscuras patillas, a la manera de chuletas de cordero, formaban un marco agradable a ambos lados, pobladas y espesas sobre su barbilla brillante y bien afeitada. Incluso su cabello, plateado aquí y allá por las canas, a pesar de haber sido peinado y rizado en la peluquería, no le confería un aspecto estúpido, como suele ocurrir con los cabellos rizados al evocar inevitablemente a un alemán el día de su boda.