almohada y solo se había vuelto de vez en cuando por un instante para dirigirse al sacerdote. Ahora se abalanzó sobre él casi con frenesí.
“¡Ah, padre! ¡Eso son palabras y nada más que palabras! ¡Perdón! Si no lo hubiese atropellado un coche, hoy habría vuelto a casa borracho, con su única camisa sucia y echa girones, y se habría dormido como un tronco; y yo habría estado lavando y enjuagando hasta el amanecer, lavando sus harapos y los de los niños, para luego secarlos junto a la ventana y, en cuanto aclarase el día, ponerme a zurcirlos. ¡Así paso yo las noches!… ¡De qué sirve hablar de perdón! ¡Si ya lo he perdonado tal como estoy!”.
Una terrible tos hueca interrumpió sus palabras. Se llevó el pañuelo a los labios y se lo mostró al sacerdote, presionando su otra mano contra su pecho dolorido.
El pañuelo estaba cubierto de sangre. El sacerdote inclinó la cabeza y no dijo nada.
Marmeladov se hallaba en la última agonía; no apartaba los ojos del rostro de Katerina Ivánovna, que volvía a inclinarse sobre él. Trataba de decirle algo; comenzó a mover la lengua con dificultad y a articular vagamente, pero Katerina Ivánovna, comprendiendo que quería pedirle perdón, le exclamó con energía:
“¡Calla! ¡No hace falta! ¡Ya sé lo que quieres decir!”
Y el enfermo calló, pero en el mismo instante sus ojos extraviados se dirigieron hacia la puerta y vio a Sonia.
Hasta entonces no la había visto: estaba de pie en la sombra, en un rincón.
—¿Quién es esa? ¿Quién es esa? —dijo de pronto con voz ronca y entrecortada, agitado, volviendo los ojos con horror hacia la