encontrar una toalla, la mojó y comenzó a lavarle la sangre de la cara a Marmeládov.
Katerina Ivanovna estaba a su lado, respirando con dificultad y oprimiéndose el pecho con las manos. Ella misma necesitaba atención.
Raskolnikov empezó a comprender que tal vez se había equivocado al hacer traer al herido aquí. El policía también se quedó indeciso.
—Polenka —gritó Katerina Ivánovna—, corre adonde Sonia, date prisa. Si no la encuentras en casa, avisa de que su padre ha sido atropellado y que debe venir aquí inmediatamente… en cuanto regrese. ¡Corre, Polenka! Toma, ponte el chal.
—¡Corre lo más rápido que puedas! —gritó de pronto el pequeño en la silla, tras lo cual recayó en la misma mudez rígida, con los ojos redondos, los talones hacia adelante y los dedos de los pies abiertos.
Mientras tanto, la habitación se habia llenado de tanta gente que no cabía un alfiler. Se fueron los policías, todos menos uno, que se quedó un rato intentando echar a la gente que entraba por la escalera. Casi todos los realquilados de Madame Lippevechsel habían acudido en desbandada desde las habitaciones interiores del piso; al principio se apretujaban en el umbral, pero luego desbordaron la estancia. Katerina Ivanovna montó en cólera.
—Podríais dejarle morir en paz, al menos —les gritó a los curiosos—, ¿acaso es un espectáculo para que os quedéis ahí boquiabiertos? ¡Con cigarrillos! (¡Tos, tos, tos!) Más os valdría no quitaros el sombrero. … ¡Y hasta hay uno con el sombrero puesto! … ¡Fuera de aquí! ¡Deberíais respetar a los muertos, por lo menos!
Su tos la asfixiaba, pero sus reproches no carecieron de efecto. Evidentemente, le tenían cierto respeto a