No lo he vuelto a ver. Entonces se acabaron mis dudas: fue obra suya, más claro imposible...»
—Ya lo creo —dijo Zosímov.
«¡Espera! Escucha el final. Por supuesto que buscaron a Nikoláy por cielo y tierra; detuvieron a Dushkin y registraron su casa; Dmitri también fue arrestado; a los hombres de Kolómenskoye también los pusieron patas arriba. Y anteayer arrestaron a Nikoláy en una taberna al final del pueblo. Había ido allí, se había quitado la cruz de plata del cuello y había pedido un trago a cambio de ella. Se lo dieron».
Unos minutos más tarde la mujer fue al establo, y a través de una rendija en la pared vio que en la cuadra contigua él se había hecho un nudo corredizo con su faja en una viga, estaba de pie sobre un taco de madera y trataba de meter el cuello en el lazo.
La mujer dio un grito desgarrador; la gente acudió corriendo.
«¡Conque esas tenemos!» «Llévenme —dice— ante tal o cual comisario; lo confesaré todo».
Pues bien, lo llevaron a aquella comisaría —es decir, a esta— con la debida escolta.
De modo que le preguntaron esto y aquello, cuántos años tenía, «veintidós», y así sucesivamente. A la pregunta: «Cuando estabas trabajando con Dmitri, ¿no viste a nadie en la escalera a tal y tal hora?»—respuesta: «Bien pudo haber bajado y subido gente, pero yo no me fijé». «¿Y no oiste nada, ningún ruido ni nada de eso?» «No oímos nada en particular».