El hecho era que, hasta el último momento, jamás se había esperado un final semejante; había sido prepotente hasta el extremo, sin imaginarse nunca que dos mujeres desamparadas e indefensas pudiesen escapar de su control.
Esta convicción se veía reforzada por su vanidad y su presunción, una presunción rayana en la fatuidad. Piotr Petróvitch, que se había abierto camino desde la insignificancia, era enfermizamente propenso a la autoadmiración, tenía el concepto más elevado de su inteligencia y aptitudes, y a veces incluso se regodeaba en la soledad contemplando su imagen en el espejo.
Pero lo que amaba y valoraba por encima de todo era el dinero que había amasado con su trabajo y con toda clase de ardides: ese dinero lo ponía a la altura de todos los que antes le habían sido superiores.
Cuando le había recordado con amargura a Dunia que había decidido recibirla a pesar de las malas lenguas, Piotr Petróvich había hablado con absoluta sinceridad y, de hecho, se había sentido genuinamente indignado ante semejante «negra ingratitud». Y, sin embargo, cuando le hizo la proposición a Dunia, era plenamente consciente de lo infundado de todos los chismes. La historia había sido desmentida por doquier por Marfa Petróvnica, y a estas alturas nadie en la ciudad la creía, pues todos salían en defensa de Dunia. Y él no habría negado que ya sabía todo eso por entonces. Aun así, seguía teniendo un gran concepto de su propia resolución al elevar a Dunia hasta su nivel y lo consideraba algo heroico. Al hablar de ello con Dunia, había dejado escapar el sentimiento secreto que abrigaba y admiraba, y no cabía en su cabeza que los demás no lo admiraran también.