Nuevamente la misma basura, las mismas cáscaras de huevo esparcidas por la escalera de caracol, de nuevo las puertas abiertas de los pisos, otra vez las mismas cocinas y los mismos vahos y hediondo olor que salía de ellas. Raskólnikov no había estado allí desde aquel día. Tenían las piernas entumecidas y le fallaban, pero aun así seguían avanzando. Se detuvo un momento para tomar aliento, para serenarse, de modo que pudiera entrar como un hombre. «¿Pero por qué?, ¿para qué?», se preguntaba reflexionando. «Si tengo que apurar el cáliz, ¿qué más da? Cuanto más repugnante, mejor». Se imaginó por un instante la figura del «teniente explosivo», Iliá Petróvich. ¿De verdad iba a verlo a él? ¿No podía ir a ver a otro? ¿A Nikodim Fomich? ¿No podía dar la media vuelta e irse derechito a la vivienda de Nikodim Fomich? Al menos así se haría en privado. … ¡No, no! ¡Al «teniente explosivo»! Si hay que apurarlo, apurarlo de
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VIII
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