explicación —decía para sus adentros, escrutándola con ávida curiosidad, con un sentimiento nuevo, extraño, casi enfermizo. Contemplaba aquel rostro pequeño, pálido, delgado, irregular, anguloso, aquellos ojos azules y dulces que sabían brillar con tanto fuego, con tan severa energía, aquel cuerpecillo que aún temblaba de indignación y de cólera, y todo aquello le parecía cada vez más extraño, casi imposible. «¡Es una fanática religiosa!», se repitió a sí mismo.
Había un libro sobre la cómoda. Lo había visto cada vez que iba y venía por la habitación de un extremo a otro.
Ahora lo tomó y lo miró. Era el Nuevo Testamento en traducción rusa. Estaba encuadernado en cuero, viejo y gastado.
“¿Dónde conseguiste eso?”, le gritó desde el otro lado de la