y abrazándome de nuevo. ¿Por qué lo haces? ¡Porque no pude soportar mi carga y he venido a echársela a otra: tú también sufres, y yo me sentiré mejor! ¿Y puedes amar a un ser tan
—¿Pero es que tú no sufres también? —exclamó Sonia.
De nuevo una ola del mismo sentimiento brotó en su corazón y, por un instante, volvió a ablandarlo.
—Sonia, tengo mal corazón, tenlo en cuenta. Eso puede explicar muchas cosas. He venido porque soy malo. Hay hombres que no habrían venido. Pero yo soy un cobarde y… un mezquino. ¡Pero… no importa! Ese no es el asunto. Debo hablar ahora, pero no sé cómo empezar.
Se detuvo y cayó en la cuenta.
«Ay, somos tan diferentes —exclamó de nuevo—, no nos parecemos en nada. ¿Y por qué, por qué habré venido? Jamás