confesarse. En esos momentos se daba cuenta de que sus ideas a veces se enredaban y de que estaba muy débil; desde hacía dos días apenas había probado alimento.
Él iba tan mal vestido que hasta un hombre acostumbrado a la trapería se habría avergonzado de dejarse ver por la calle con semejantes andrajos. En aquel barrio de la ciudad, sin embargo, casi ninguna deficiencia en el vestir habría causado sorpresa. Debido a la proximidad del mercado del Heno, a la cantidad de establecimientos de mala reputación y a la preponderancia de la población artesana y obrera apiñada en estas calles y callejones del corazón de San Petersburgo, se veían por las calles tipos tan variados que ninguna figura, por extraña que fuera, habría llamado la atención. Pero en el corazón del joven se había acumulado tanta amargura y desprecio que, a pesar de todo el puritanismo de la juventud, lo que menos le importaban eran sus andrajos en la calle. Otra cosa muy distinta era cuando se cruzaba con conocidos o antiguos compañeros de estudios, con quienes, a decir verdad, le desagradaba encontrarse en cualquier circunstancia. Y, sin embargo, cuando un borracho que, por algún motivo desconocido, era trasladado en un enorme carromato tirado por un pesado caballo de carga le gritó de repente al pasar a su lado: «¡Eh, sombrerero alemán!», berreando a todo pulmón y señalándolo con el dedo, el joven se detuvo en seco y se aferró tembloroso al sombrero. Era un sombrero alto y redondo de Zimmerman, pero completamente gastado, ajado por los años, hecho girones y salpicado de manchas, sin ala y ladeado de la manera más indecorosa. No era vergüenza, sin embargo, sino un sentimiento muy distinto, parecido al terror, lo que se había apoderado de él.
—Lo sabía —murmuró confuso—, ¡eso me parecía! ¡Eso es lo peor de todo! ¡Vaya, una estupidez como esta, el detalle más insignificante puede arruinar todo el plan! Sí, mi sombrero llama demasiado la atención… Parece absurdo y por eso llama la atención… Con mis harapos debería llevar una gorra, cualquier trapo viejo, pero no este bicho grotesco. Nadie