y alma.
De repente recordó las palabras de Sonia: «Ve al cruce de caminos, inclínate ante la gente, besa la tierra, pues también has pecado contra ella, y di en voz alta a todo el mundo: "Soy un asesino"».
Tembló al recordarlo. Y la desesperanza, la miseria y la angustia de todo aquel tiempo, sobre todo de las últimas horas, le habían pesado tanto que se aferró literalmente a la posibilidad de esta nueva sensación pura y completa.
Lo invadió como un ataque; fue como una sola chispa encendida en su alma que propagaba fuego por todo su ser. Todo en él se ablandó de golpe y las lágrimas brotaron de sus ojos.
Cayó a la tierra allí mismo…
Él se arrodilló en medio de la plaza, se inclinó hasta el suelo y besó aquella tierra inmunda con dicha y arrebato.
Se levantó y volvió a inclinarse por segunda vez.