La plaga se extendía y avanzaba cada vez más. Solo unos pocos hombres podían salvarse en todo el mundo. Eran un pueblo puro y elegido, destinado a fundar una nueva raza y una nueva vida, a renovar y purificar la tierra; pero nadie había visto a esos hombres, nadie había oído sus palabras ni sus voces.
A Raskolnikov le preocupaba que aquel sueño absurdo persiguiera su memoria con tanta amargura, que la impresión de aquel delirio febril persistiera durante tanto tiempo. Había llegado la segunda semana después de Pascua. Habían días cálidos y luminosos de primavera; en la enfermería de la prisión se abrían las ventanas enrejadas bajo las cuales paseaba el centinela.
Sonia solo había podido visitarlo dos veces durante su enfermedad; cada vez tenía que obtener un permiso, y era difícil. Pero solía ir a menudo al patio del hospital, sobre todo por la tarde, a veces solo para quedarse un minuto mirando hacia las ventanas de la enfermería.
Una tarde, cuando ya