—Pero ¿a dónde voy? —pensó de repente—. Qué extraño, he salido a por algo. Apenas hube leído la carta salí... Iba a la isla Vasílievski, a casa de Razumijin. Eso era... Ahora lo recuerdo. Pero ¿a qué? ¿Y qué me habrá metido en la cabeza la idea de ir a casa de Razumijin ahora mismo? Qué curioso.
Se extrañaba de sí mismo. Razumijin era uno de sus viejos camaradas de la universidad.
Era notable que Raskólnikov casi no tuviera amigos en la universidad; se mantenía apartado de todos, no visitaba a nadie y no era bienvenido para quienes iban a verlo, y en verdad todos terminaron por abandonarlo pronto.
No participaba en las reuniones, diversiones ni conversaciones de los estudiantes.
Trabajaba con gran intensidad sin escatimar esfuerzos, y por esto era respetado, pero a nadie le agradaba. Era muy pobre, y había en él una especie de orgullo altivo y reserva, como si guardara algo para sí mismo.
A algunos de sus camaradas les parecía que los miraba a todos como a niños, como si les fuera superior en desarrollo, conocimientos y convicciones, como si las creencias e intereses de ellos estuvieran por debajo de él.
Con Razumijin se llevaba bien, o, al menos, era más abierto y comunicativo con él. De hecho, era imposible relacionarse con Razumijin de otra manera.
Era un joven excepcionalmente bondadoso y franco, bonachón hasta la ingenuidad, aunque bajo esa simplicidad se ocultaban tanto la profundidad como la dignidad. Los mejores de sus compañeros lo entendían y todos le querían. Era sumamente inteligente, aunque a veces resultara ciertamente un poco simple.