ver a Porfiri... Pero ¿qué le había empujado a este a recibirle de aquel modo? ¿Qué propósito había tenido al quitarse de encima a Razumujin con Nikolái? Debía de tener algún plan, había alguna maquinación, pero ¿cuál? Era verdad que había pasado mucho tiempo desde aquella mañana —demasiado tiempo— y ni rastro ni noticias de Porfiri. Bueno, aquello era un mal presagio...»
Raskolnikov tomó su gorra y salió de la habitación, todavía pensativo. Hacía mucho tiempo que no se sentía con la mente tan clara, al menos.
«Tengo que liquidar a Svidrigáilov —pensó—, y cuanto antes; él también parece estar esperando a que vaya a verlo por iniciativa propia».
Y en ese momento sintió en su cansado corazón una oleada de odio tan intensa que habría podido matar a cualquiera de los dos: a Porfiri o a Svidrigáilov. Al menos sentía que sería capaz de hacerlo más tarde, si no ahora.
—Ya veremos, ya veremos —se repetía a sí mismo.
Pero no bien hubo abierto la puerta, cuando tropezó en el pasillo con el propio Porfiri. Venía a visitarlo. Raskólnikov se quedó estupefacto por un minuto, pero solo por uno. Cosa extraña, no se sorprendió mucho al ver a Porfiri y apenas le temió. Se sobresaltó simplemente, pero con rapidez, al instante, se puso en guardia.
«¿Tal vez esto significará el fin? Pero ¿cómo se había acercado Porfiri tan silenciosamente, como un gato, de modo que no hubiera oído nada? ¿Acaso habría estado escuchando junto a la puerta?».
—No esperaba visitas, Rodión Románovich —explicó Porfiri riendo—. Hace mucho que quería pasarme; pasaba por aquí y pensé, ¿por qué no