«¡Ay! ¡Maldición, otra vez estos pensamientos! ¡Tengo que apartarlos!»
Estaba quedándose dormido; el temblor febril había cesado, cuando de repente algo pareció correrle por el brazo y la pierna bajo las mantas. Se sobresaltó. «¡Uf! ¡Maldita sea! Creo que es un ratón —pensó—, es la ternera que dejé en la mesa».
Sintió una repugnancia terrible a quitarse la frazada, levantarse y pasar frío, pero de pronto algo desagradable volvió a correrle por la pierna. Se quitó la frazada y encendió la vela. Temblando de escalofríos febriles, se inclinó para examinar la cama: no había nada.
Sacudió la frazada y de repente un ratón saltó sobre la sábana. Intentó atraparlo, pero el ratón corría de un lado a otro en zigzag sin salir de la cama, se le escurrió entre los dedos, le pasó por encima de la mano y de pronto se metió debajo de la almohada. Él tiró la almohada, pero en un instante sintió que algo le saltaba al pecho, le recorría el cuerpo y le bajaba por la espalda bajo la camisa.
Tembló nervioso y se despertó.
La habitación estaba a oscuras. Él yacía en la cama, envuelto en la frazada como antes. El viento aullaba bajo la ventana.
«Qué asco», pensó con fastidio.
Se levantó y se sentó en el borde de la estructura de la cama, dándole la espalda a la ventana. > «Es mejor no dormir en absoluto»,