a dormir en toda la noche, porque lo he comprado al buen tuntún, sin medida. ¡Justo a la medida! —exclamó triunfante, probándosela—, ¡de tu talle! Un sombrero decente es lo primero en el vestir y de por sí es una buena recomendación. Tolstyakov, un amigo mío, se ve obligado a quitarse su cazuela cada vez que entra en un lugar público donde los demás llevan el sombrero o la gorra. La gente cree que lo hace por una cortesía servil, pero es sencillamente porque le da vergüenza su nido de pájaro; ¡es un fanfarrón! Mira, Nastasya, aquí tienes dos muestras de tocados: este Palmerston —cogió de un rincón el sombrero viejo y abollado de Raskolnikov, al que, por alguna razón desconocida, llamaba Palmerston— o ¡esta joya! Adivina el precio, Rodya, ¿cuánto supones que he pagado por él, Nastasya? —dijo dirigiéndose a ella, al ver que Raskolnikov no hablaba.
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III
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