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nydus/Crime and PunishmentPublic
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V. Pensamientos de Raskólnikov

—¡Azótala, azótala! ¿Por qué te has detenido? —gritaban voces en la multitud.

Y Mikolka blandió el varal por segunda vez y este cayó de nuevo sobre el lomo de la desdichada yegua. Ella se dejó caer sobre los cuartos traseros, pero dio un bandazo hacia adelante y tiró con todas sus fuerzas, tirando primero hacia un lado y luego hacia el otro, intentando mover el carro.

Pero los seis látigos la atacaban por todas partes, y el varal se levantó de nuevo y cayó sobre ella por tercera vez, y luego por cuarta, con golpes pesados y medidos. Mikolka estaba furioso por no poder matarla de un solo golpe.

—¡Es una dura de pelar! —se oyó gritar en la multitud.

—Se caerá en un minuto, muchachos, pronto se acabará con ella —dijo un espectador admirado entre la multitud.

—¡Traigan un hacha para ella! Acaben con ella —gritó un tercero.

—¡Ya te enseñaré! ¡Apártense!, aulló frenético Mikolka; tiró la vara, se agachó en el carro y cogió una palanca de hierro. —Cuidado —gritó, y con todas sus fuerzas le propinó un golpe aturdidor a la pobre yegua. El golpe cayó; la yegua se tambaleó, reculó, intentó tirar, pero la barra volvió a caer con un golpe oscilante sobre su lomo y cayó al suelo como un tronco.

—¡Remátala! —gritó Mikolka, y fuera de sí, saltó del carro. Varios jóvenes, también encendidos por la bebida, cogieron lo primero que pillaron —látigos, bastotes, pértigas— y corrieron hacia la yegua moribunda. Mikolka se quedó a un lado y empezó a propinarle golpes al azar con la barra de hierro. La yegua estiró el pescuezo, exhaló un hálito prolongado y murió.

«La masacraste», gritó alguien en la multitud.

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