observación hace un momento, con mucha agudeza e ingenio. (Raskolnikov no había hecho ninguna observación por el estilo). —¡Uno se hace un lío! ¡Un lío tremendo! ¡Uno sigue dale que te pego con la misma nota, como un tambor! ¡Habrá una reforma y al menos se nos llamará de otro modo, je, je, je! Y en cuanto a nuestra tradición jurídica, como usted la llamó con tanta agudeza, estoy plenamente de acuerdo con usted. Todo preso procesado, hasta el más bruto de los campesinos, sabe que empiezan por desarmarle con preguntas impertinentes (como usted tan felizmente expresó) y luego le asestan un golpe mortal, ¡je, je, je! —¡su feliz comparación, je, je! ¡Así que de verdad se imaginaba que yo me refería a «viviendas oficiales»... je, je! Es usted una persona irónica. Vamos. ¡No sigo!
¡Ah, a propósito, sí! Una palabra lleva a la otra. Hablaba usted de formalismos hace un momento, a propósito de la investigación, ya sabe. Pero ¿de qué sirve el formalismo? En muchos casos es una tontería.
A veces uno mantiene una charla amistosa y saca mucho más provecho de ella. Siempre se puede recurrir al formalismo, se lo aseguro. Y, al fin y al cabo, ¿en qué se resume? Un juez de instrucción no puede verse atado por el formalismo en cada paso que da. La labor de investigación es, por decirlo así, un arte libre a su manera, ¡je-je-je!
Porfirio Petrovich respiró un momento. Había estado simplemente parloteando, soltando frases vacías, dejando escapar algunas palabras enigmáticas y volviendo de nuevo a la incoherencia. Casi corría por la habitación, moviendo sus cortas y gordas piernas cada vez más rápido, mirando al suelo, con la mano derecha a la espalda, mientras con la izquierda hacía gestos extraordinariamente incongruentes con sus palabras.
Raskolnikov notó de repente que, al correr por la habitación, parecía detenerse dos veces por un momento cerca de la puerta, como si estuviera escuchando.