Tienen una psicología propia, hermano. Pero resulta repugnante explicarlo todo. ¡Basta!
“¡Y es un insulto, un insulto! Te comprendo. Pero… puesto que ahora hemos hablado abiertamente (y es una excelente cosa que al fin lo hayamos hecho—me alegro), voy a confesar ahora con franqueza que yo lo noté en ellos hace mucho tiempo, esta idea. Por supuesto, la más leve indirecta nada más—una insinuación—, pero ¿por qué una insinuación siquiera? ¿Cómo se atreven? ¿Qué fundamento tienen? Si supieras cuán furioso he estado. ¡Pensar nada más! Simplemente porque un pobre estudiante, desquiciado por la pobreza y la hipocondría, en vísperas de una grave enfermedad delirante (nótese esto), desconfiado, vanidoso, orgulloso, que no ha visto a un alma con quien hablar en seis meses, en harapos y con botas sin suela, tiene que vérselas con unos miserables policías y aguantar su insolencia; y la inesperada deuda metida bajo sus narices, el pagaré presentado por Chebarov, la pintura fresca, treinta grados Réaumur y una atmósfera sofocante, una multitud de gente, las charlas sobre el asesinato de una persona en un lugar donde él había estado poco antes, y todo eso con el estomago vacío—¡bien podría darle un desmayo! ¡Y en eso, en eso es en lo que basan todo! ¡Malditos sean! Comprendo lo molesto que es, pero en tu lugar, Rodia, me reiría de ellos, o mejor aún, les escupiría en sus feas caras, y escupiría una docena de veces en todas direcciones. Repartiría golpes en todas direcciones, además con elegancia, y así pondría fin al asunto. ¡Malditos sean! No te desanimes. ¡Es una vergüenza!”
«La verdad es que lo ha expresado muy bien», pensó Raskólnikov.
—¿Malditos sean? ¿Pero otra vez el interrogatorio, mañana? —dijo con amargura—. ¿De verdad tengo que darles explicaciones? Ya me molesta de por sí haber condescendido a hablar ayer con Zamétov en el restaurante...