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nydus/Crime and PunishmentPublic
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IV

y había dicho… había dicho (sí, lo había dicho con toda claridad) que no podía vivir sin ella… ¡Ay, misericordioso Dios!

Sonia pasó toda la noche con fiebre y delirando. Saltaba de vez en cuando, lloraba y se retoría las manos, para luego volver a caer en un sueño febril y soñar con Polenka, con Katerina Ivánovna y con Lizaveta, con la lectura del evangelio y con él... con él de rostro pálido, de ojos ardientes... besándole los pies, llorando.

Al otro lado de la puerta de la derecha, que separaba la habitación de Sonia del piso de madame Resslich, había una habitación que llevaba mucho tiempo vacía. En la puerta había colocado un cartel, y en los cristales que daban al canal, un aviso de que se alquilaba. Sonia estaba más que acostumbrada a que el cuarto estuviera deshabitado. Pero todo ese tiempo, el señor Svidrigáilov había estado de pie, escuchando junto a la puerta de la habitación vacía. Cuando Raskolnikov salió, él se quedó inmóvil, pensó un momento, fue de puntillas a su propia habitación —que lindaba con la vacía—, trajo una silla y la llevó sin hacer ruido hasta la puerta que daba al cuarto de Sonia. La conversación le había parecido interesante y notable, y la había disfrutado enormemente; tanto es así que trajo una silla para no tener que sufrir en el futuro, mañana por ejemplo, la incomodidad de estar de pie toda una hora, y así poder escuchar cómodamente.

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