frescos y nuestras capillas, por no hablar de condotieros rapaces, realeza sobornada y territorios comprados, y nuestras fachadas y chapiteles tuvieron que esperar. Pero ¿qué arquitecto habrán empleado los Frati Minori para construirles ese chapitel? Si se hubiera construido en mi época, Filippo Brunelleschi o Michelozzo habrían ideado algo de otra traza, algo digno de coronar la iglesia de Arnolfo”.
Ante esto el Espíritu, con un suspiro, deja vagar sus ojos hacia las murallas de la ciudad, y ahora se detiene en el cambio allí ocurrido con asombro ante estos tiempos modernos.
- ¿Por qué se han cerrado cinco de las once puertas accesibles?
- ¿Y por qué, sobre todo, habrán sido derribadas las torres que antaño fueron gloria y defensa?
¿Se ha vuelto el mundo tan pacífico, pues, y viven los florentinos en tal armonía, que ya no hay conspiraciones para traer a los exiliados ambiciosos de vuelta a casa con bandas armadas a sus espaldas?
Estas son preguntas difíciles: es más fácil y placentero reconocer lo viejo que dar cuenta de lo nuevo.
Y allí corre el Arno, con sus puentes justo donde solían estar—el Ponte Vecchio, el que menos se parece a los demás puentes del mundo, cargado con las mismas pintorescas tiendas donde nuestro Espíritu recuerda haberse detenido un momento en su camino, tal vez para contemplar el progreso de aquel gran palacio que Messer Luca Pitti había mandado construir con enormes piedras traídas de la Colina de Bóboli, situada justo detrás, o quizás para negociar algún pequeño asunto con los bataneros en el Oltrarno. La desmesurada línea del tejado de los Pitti se oculta desde San Miniato; pero el anhelo del viejo florentino no es ver el