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XI. El dilema de Tito

placer incomparablemente mayor, no solo para sí mismo, sino para los demás, que la vida marchita e invernal de un hombre que había pasado la época del goce intenso, y cuyas ideas se habían endurecido en una estéril rigidez? Todas esas ideas habían sido sembradas en el terreno fresco de la mente de Tito, y eran en ella gérmenes vivos: ese era el orden adecuado de las cosas, el orden de la naturaleza, que trata toda madurez como un mero nido para la juventud. Baldassarre había hecho su trabajo, se había bebido su trago de vida; Tito decía que ahora le tocaba a él.

Y la perspectiva era tan vaga: «Creo que van a llevarme a Antioquía»; ¡menudo panorama! Tras un largo viaje, pasar meses, quizás años, en una búsqueda de la que ni siquiera ahora había garantía de que no resultara en vano; y dejar atrás al partir una vida de distinción y amor; y encontrar, si es que encontraba algo, la vieja compañía exigente que ya se conocía de memoria.

Ciertamente, las gemas y, por ende, los florines eran, en cierto sentido, de Baldassarre: en el sentido estricto mediante el cual se determina el derecho de posesión en los asuntos ordinarios; pero, desde esa perspectiva amplia y más radicalmente natural según la cual el mundo pertenece a la juventud y a la fuerza, pertenecían más bien a aquel que pudiera extraerles mayor placer.

Esa, según reconocía, no era la opinión que el complicado juego de los sentimientos humanos había engendrado en la sociedad.

Los hombres que lo rodeaban esperarían que aplicara de inmediato aquellos florines al rescate de su bienhechor.

¿Pero cuál era el sentimiento de la sociedad? —un mero enredo de tradiciones y opiniones anómalas que ningún hombre prudente tomaría como guía, salvo en la medida en que afectara a su propia comodidad. No es que le importaran los florines, salvo tal vez por el bien de Romola:

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